jueves, 2 de agosto de 2012

Thomas H. Huxley: el agnosticismo

Mirando hacia atrás, casi cincuenta años lejos, me veo como un muchacho, cuya educación se ha visto interrumpida y que, intelectualmente, quedó, durante algunos años, a merced de su propio ingenio. Era, por aquel entonces, un voraz lector omnívoro; un soñador amante de especulaciones, dotado del coraje que lleva a interesarse por cualquier tema, que es la bendita compensación de la juventud y la inexperiencia. Entre los libros y los ensayos que leí por aquella época, que abarcaban cualquier cuestión desde la metafísica a la heráldica, dos dejaron una impresión indeleble en mi mente. Uno fue la Historia de la civilización, de Guizot, el otro el ensayo de Sir William Hamilton Sobre la filosofía de lo incondicionado. Este último era una lectura rara para un muchacho de mi edad y es posible que no comprendiera buena parte del mismo; sin embargo, lo devoré con avidez y dejó grabada en mi mente la intensa convicción de que los hombres siempre están dispuestos a decir ingeniosas frases como respuesta, hasta en las cuestiones más solemnes e importantes, y que la limitación de nuestras posibilidades hace que, para estas cuestiones, la respuesta no sea sólo imposible de hecho, sino teóricamente inconcebible.

Cuando llegué a la madurez intelectual y empecé a preguntarme a mí mismo si era ateo, o teísta, o panteísta, materialista o idealista, cristiano o libre pensador, vi que cuanto más aprendía y reflexionaba sobre estas cosas menos dispuesto estaba a dar una repuesta. Hasta que, al fin, llegué a la conclusión de que yo no tenía arte ni parte en ninguna de estas denominaciones, excepto la última. La única cosa en que estaba de acuerdo la mayoría de aquella buena gente era la única cosa en que yo me consideraba distinto. Ellos tenían la absoluta certeza de que habían alcanzado una cierta gnosis, con mayor o menor éxito habían solucionado el problema de la existencia; mientras que personalmente estaba totalmente cierto de que yo no y bastante convencido de que el problema era insoluble. Teniendo a Hume y a Kant de mi lado, no me podía considerar presuntuoso en dejarme llevar por esta opinión.

Ésta era mi situación cuando tuve la buena suerte de que se me concediera ocupar un sitio entre los miembros de esta notable confraternidad de antagonistas, ya hace tiempo desaparecida, pero de perenne y piadosa memoria, la Sociedad Metafísica. Allí se hallaban representadas todas las variedades de opiniones filosóficas y teológicas, que podían manifestarse con total franqueza. La mayoría de mis colegas pertenecían a un «ismo» de un signo u otro; y, por más amables y amistosos que pudieran ser, yo, que carecía de toda etiqueta que ponerme encima, no lograba liberarme de ciertos incómodos sentimientos, parecidos a los que posiblemente tuvo la zorra de la historia cuando, tras liberarse de la trampa en que había quedado prendida su cola, se presentó ante sus compañeros debidamente dotados. Debido a esto, reflexioné e inventé el que imaginaba era el título adecuado de «agnóstico». Me vino a la mente como sugerentemente antitético del de «gnóstico» de la historia de la Iglesia, que tanto saber profesaba de lo mismo que yo tanto ignoraba. Aproveché la primera oportunidad que tuve de exponerlo ante nuestra Sociedad, para mostrar que también yo tenía cola como las restantes zorras. Para gran satisfacción mía, el término cuajó; y cuando el «Spectator» lo apadrinó, desapareció por completo, de las mentes de la gente respetable, cualquier sospecha que pudiera haber despertado en ellas el hecho de haber sabido quién le había dado origen.

Ésta es la historia del origen del término agnóstico y agnosticismo.

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Del ensayo Agnosticism, citado por A. Castell y D. M. Borchert, An Introduction to Modern Philosophy, Macmillan, Nueva York-Londres 1983, 4ª ed., p. 215-216.

Prof. Lic. Claudio Andrés Godoy


Jesús Mosterín: dogmáticos y escépticos

Si un individuo cree de hecho todas y sólo las ideas en que le resulta racional creer, o al menos está siempre dispuesto a modificar su sistema de creencias en tal sentido, diremos de él que es racional en sus creencias. Si cree más ideas que las que racionalmente puede creer, diremos que es un dogmático; si cree menos, un escéptico.

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Racionalidad y acción humana, Alianza, Madrid 1978, p. 23.

Prof. Lic. Claudio Andrés Godoy


LICEO


Escuela fundada por Aristóteles en el año 336 a.C. Dicha escuela es conocida con este nombre porque Aristóteles la fundó en un edificio de Atenas, anexo a un gimnasio y a un templo dedicados a Apolo Liceio, fundados por Pericles en la explanada situada entre el río Ilisio y el monte Licabeto. 

Puesto que a menudo las enseñanzas se realizaban en un paseo porticado cubierto o Perípatos, también  se conoce con el nombre de escuela de los peripatéticos (paseantes) o escuela peripatética.

Aristóteles, que había sido discípulo de Platón en la Academia platónica, fundó esta escuela al regresar a Atenas poco después de la muerte de Filipo de Macedonia y de la ascensión al trono de Alejandro Magno. Por entonces Platón ya había muerto y Aristóteles no se reincorporó a la Academia, que a la sazón estaba regida por Jenócrates, sino que decidió fundar su propia escuela, que dirigió hasta el año 323 a.C., el mismo en que murió Alejandro Magno, pues viendo que, debido a motivos políticos (fue acusado de macedonismo), su vida peligraba en Atenas, marchó a la ciudad de Calcis, en la isla de Eubea, donde murió el año siguiente (322 a.C.).

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Diccionario de filosofía en CD-ROM. Copyright © 1996. Empresa Editorial Herder S.A., Barcelona.
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ACADEMIA PLATÓNICA

(del griego {U6"*Z:,4", akadémeia) Nombre dado a la escuela que, en el año 387 a.C., a la vuelta de su primer viaje a Sicilia, fundó Platón en las afueras de Atenas, junto al parque del santuario dedicado al héroe Akádemos. La Academia, consagrada a las Musas y a Apolo, y dedicada al cultivo de las matemáticas y la dialéctica, en oposición a la escuela retórica de Isócrates fundada en el 391, fue el centro de las enseñanzas de Platón y del platonismo. En el frontispicio, según se dice, figuraba la leyenda: «Nadie entre aquí si no es geómetra». Su programa de estudios se acomodaba probablemente al que se refleja en República (libro VII), al tratar Platón de la formación de los filósofos, y se llevaba a cabo mediante diálogos, debates, discusiones y lecciones tanto de Platón, como de discípulos aventajados y personalidades famosas que pasaban por Atenas.

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PRESOCRÁTICOS


Conjunto de pensadores griegos anteriores a Sócrates. Este término no denota solamente una clasificación cronológica, ya que entre los presocráticos se incluyen también filósofos contemporáneos de Sócrates pero que siguieron las orientaciones teóricas de los filósofos de los siglos VI y V a.C. (anteriores a la renovación conceptual realizada por Sócrates, que se toma como un punto de inflexión que marca la historia del pensamiento de forma decisiva). Entre los autores presocráticos contemporáneos de Sócrates destacan el atomista Demócrito, el naturalista ecléctico[1] Diógenes de Apolonia y muchos sofistas.

Los filósofos presocráticos fueron los primeros pensadores que rompieron con las formas míticas de pensamiento para empezar a edificar una reflexión racional.

Es decir, fueron los primeros que iniciaron el llamado «paso delmito al logos », proceso propiciado por las especiales características de espíritu crítico (ver texto) y condiciones sociales que permitieron una especulación libre de ataduras a dogmas y textos sagrados. En este sentido, son tanto filósofos como cosmólogos, físicos o, más en general, «sabios». Y, aunque comparten algunas características comunes, no forman un grupo bien definido sino que se dividen en diversas escuelas de pensamiento, a veces muy alejadas unas de otras.

Desde otra perspectiva, el pensamiento de los presocráticos plantea el problema de la ruptura o de la continuidad respecto del pensamiento anterior y respecto de las influencias del pensamiento oriental. Olvidada ya la tesis de un pretendido «milagro griego», los autores contemporáneos destacan tanto las raíces basadas en el pensamiento mítico del primer pensamiento presocrático (especialmente se destaca la influencia de la cosmogonía mítica de Homero y de Hesíodo), como la recepción de determinados desarrollos intelectuales (especialmente de la astronomía y la matemática) del pensamiento oriental (fundamentalmente caldeo, babilonio, persa y egipcio). Pero, si bien se dan estas influencias, también se destaca (ver «el paso del mito al logos») el aspecto radicalmente innovador y crítico del pensamiento de los primeros filósofos. Entre los milesios (Tales, Anaximandro y Anaxímenes) se desarrollará una cosmología y una cosmogonía sin referencia a dioses ni entidades sobrenaturales, en lugar de ello, se explica a partir de los conceptos de NbF4H (physis), GDPZ (arkhé) y i`F:@H (cosmos). Ya no se trata de una concepción mítica que intenta explicar apelando a unos orígenes remotos y a una historia, sino que se trata de una verdadera teoría. En este proceso los presocráticos comienzan a separarse de las representaciones antropomórficas.

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[1] Ecléctico: dícese de una teoría que se basa en múltiples teorías, estilos, ideas o para obtener información complementaria en un tema, o aplica diferentes teorías en casos particulares. 

SABIO / IDEAL DEL SABIO


Sabio (del latín sapiens, y en griego F@n`H -sofos-) es el que posee la sabiduría.

A partir del intelectualismo moral desarrollado por Sócrates, las escuelas morales del período helenístico tendieron a instaurar como paradigma moral la realización del ideal del sabio, basado en la práctica de la virtud que, según pensaban, solamente puede estar plenamente al alcance del sabio, puesto que sólo el que es poseedor del saber puede realmente conocer la virtud y practicarla. 

Con ello, la filosofía sustituye el paradigma moral del héroe (que había sido considerado como el modelo a seguir en la época arcaica, y cuya expresión se nos da en la Ilíada de Homero), por el paradigma moral del sabio. Sabio es, entonces, quien es poseedor del conocimiento y, en especial, del conocimiento dirigido a la acción moral. Tanto los estoicos como los epicúreos, los cínicos o los escépticos, defenderán la necesidad de alcanzar este estado que se caracteriza por la serenidad de espíritu, que unos llaman ataraxia y otros apatía, y por la autarquía (ver texto 1  y texto 2).

A partir de Filón de Alejandría, del gnosticismo y del neoplatonismo, irá apareciendo un nuevo modelo de sabiduría: el del saber religioso. A partir del triunfo del cristianismo se abandona el intelectualismo moral y el paradigma del sabio es sustituido por el del santo. Mientras que el sabio lo llega a ser mediante el estudio y el cultivo del conocimiento -por tanto, mediante el intelecto-, el santo adquiere su estado gracias a la voluntad y la gracia divina, de forma que el cristianismo supuso la sustitución del intelectualismo por una forma de voluntarismo y por la intervención de la providencia.

 
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INTELECTUALISMO MORAL


En general, tendencia a dar una importancia excesiva a la razón en materia de ética. En particular, la teoría ética atribuible a Sócrates, y según algunos autores también aunque en menor medida a Platón, según la cual la virtud se identifica con el saber, o bien que ciencia y moralidad son lo mismo. Esta identificación lleva a la paradoja socrática de que «nadie hace el mal a sabiendas», «nadie obra mal voluntariamente», o que sólo el ignorante obra mal.  

Aristóteles critica estos supuestos de Sócrates, apelando a la experiencia y aun a la propia conciencia, e introduce el concepto de la debilidad de la voluntad, o acrasia: se hace el mal también sabiendo que se obra mal, de modo que el conocimiento de lo justo y lo injusto es condición necesaria para obrar mal, pero no suficiente, y mucho menos condición suficiente y necesaria.
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